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Spaghetti con almejas y guisantes frescos

 

 

 

Estamos en verano y realmente el calor nos hace apetecer alimentos fresquitos y ligeros. En mi niñez, yo no conocí este tremendo calor, ya que en el Norte las temperaturas no llegaban nunca  a ser excesivas; quizá tres o cuatro días en toda la estación, y en esos días extraordinarios no se paraba de escuchar, a modo de lamento: "Este calor no traerá nada bueno", ya que se pensaba que quemaría la tierra. Verdaderamente para mi familia, que no iba de vacaciones, se estaba en verano cuando se abría el comedor grande y comíamos en él con la ría de fondo y la parte que daba a una vidriera de colores estaba llena de preciosas fucsias; la casa olía a guisantes de olor (flor casi desaparecida) y mi madre colocaba "sus" hortensias en donde encontraba un espacio, pues ella también tenía nostalgia de la Goleta, casi tanto como yo las eché de menos años más tarde; los días eran largos y no oscurecía hasta casi las once de la noche; por supuesto, íbamos a la playa (lloviese o tronase), y en las fiestas del pueblo se preparaba una "chea" ("un montón") de platos y postres, como la tradición mandaba, y Álvaro Cunqueiro nos relata con su habitural gracejo. 

 

 

El verano era la época de disfrutar del maravilloso pescado fresco del Cantábrico y algunos mariscos de segunda clase, que entonces eran muy baratos (navajas, mejillones, almejas, etc.) que mi madre combinaba con arroz, pastas y patatas, haciendo aquellas deliciosas rustideras, que nos hacían sentir que se había producido el cambio de estación. Junto al pescado y los inexorables filetes empanados,  estaba la siempre presente ensaladilla rusa que era una exquisitez, los pimientos rellenos de todo y cubiertos de diversas salsas. Era también época de empanadas que se llevaban a la playa o a las romerías locales, y cuyo olor inundaba una vieja camioneta que alquilábamos para tal fin. Los rollos de carne y bonito también eran asiduos en esta estación porque se comían como fiambre. ¡Y cómo no mencionar las tortillas de patata, o de chorizo, o de pimientos verdes, o a la paisana (una tortilla muy fina donde la patata se partía en cuadraditos y llevaba chorizo, jamón y guisantes).

 


 

Si hay algo que admiro de la cocina de mi madre era la habilidad para organizar las comidas según las estaciones. Hoy en día en que está tan de moda hablar de la importancia y conveniencia de usar productos estacionales, mi madre fue sin duda una adelantada a esta tendencia. Cuando pienso en la enorme faena que el verano suponía, con la previa, y odiada por mí,  "limpieza general", además de los cambios de muebles y objetos que se producían en la casa, me resulta asombroso que jamás oí a mi madre quejarse de aquella "boa xeira" de trabajo, y os advierto que ¡mi madre podía protestar de muchas cosas!. Cada vez veo con más claridad que aquel era "su trabajo", no muy distinto del que hoy realiza una ingeniera de caminos o una teniente del ejército, y lo llevaba a cabo con la misma profesionalidad.

 

 

Como muchas veces he subrayado, la imaginación, la creatividad y la planificación son importantes en cualquier ámbito de la vida, pero en la cocina son esenciales, sólo tenemos que recordar la consabida frase de "¿qué comeremos mañana?". Pasados los años, todavía me pregunto en donde aprendió mi madre, entre otras muchas cosas, a organizar los menús de tal manera que se adecuaban a cada estación, a  cada festividad, o casi a cada momento de nuestra vida. Por ejemplo, a algo tan normal como unos huevos los rellenaba con la carne de los erizos, o cambiaba los grelos por el repollo y hacía el más exquisito caldo gallego: todo para expresar simbólicamente que estábamos en el largo y cálido verano... Podría jurar por lo que fuera que mi progenitora no había oído en su vida la palabra "semiótica" y lo que esta disciplina estudia, pero muy poca gente podría hacer más alarde que ella de  la importancia de los signos en su vida. Yo muy modestamente he tratado de copiar esta habilidad,  con bastante poco éxito, y no he llegado mucho más allá de combinar la sepia con las lentejas para convertirlas en un plato veraniego. Quizá como excusa tengo que decir en Andalucía lo tenemos mucho más fácil, porque un buen gazpacho, ajo blanco o salmorejo son suficientes para "estar en verano".

 

 

Todo esto viene a cuento porque hoy quiero preparar algo verdaderamente veraniego, lleno de aroma y color, que me recuerde al entrañable sabor de la comida de antaño, pero, a la vez, tiene que ser algo muy simple que no me haga permanecer en la cocina más de un cuarto de hora. Paradójicamente, me decanto por un clásico de la cocina italiana: "spaghettis con almejas y guisantes frescos" que están en plena estación. Me encanta este plato, me parece un ejemplo de comida minimalista que busca el sabor natural por encima de todo. Lo asombroso de esta plato es que lo podéis reconvertir y hacerlo idóneo para cualquier fecha del año, sólo con intercambiar las verduras o el pescado o marisco. Así cuando el otoño asome y las primeras hojas empiecen a caer y los árboles se pongan de color dorado, la primera seta revuelta con los spaghetti y las almejas nos hará olvidar los placeres del verano; de la misma manera, que en invierno, combinaremos la coliflor o la calabaza con unas migas de bacalao; y en primavera, las alcachofas o espárragos verdes nos alegrarán con el sabor delicado e intenso de su maridaje con las gambas. Este plato, de sabores suaves y entrañables,  es tan simple y minimalista que es un ejemplo del aforismo: MENOS ES MÁS.

 

 

 

Con esta tradición culinaria en mente, voy a preparar este estupendo plato veraniego, que además se puede hacer en dos versiones: la pobretonay la de lujo; la elaboración es la misma, lo que cambia son la calidad de los ingredientes: guisantes congelados y almejas terciarias japonesas (a 10 euros el kilo); o podemos utilizar guisantes frescos y almejas gallegas de Carril (29 euros el kilo). De cualquier manera y aunque escogiéramos la primera opción, tampoco resultaría tan costosa porque solo necesitáis un puñado de guisantes y unos 100 g. de almejas por persona. La apariencia final de cualquiera de las opciones es casi idéntica, quizá el olor es distinto, pero como no nos vamos  a someter una prueba a ciegas entre las dos, seguro que cualquiera de ellas os encantará. 

 

 

 


Ingredientes:

 

 

 

 

100 a 125 g. de spaghetti por persona

50 g. de guisantes por persona

100 g. de almejas por persona

1/2 cebolla o 1 cebolleta cortada fina

2 dientes de ajos fileteados

1/3 ml. de caldo de esacdo o agua

1/3 ml. de agua con medio cubito de pescado deshecho

 

Elaboración:

 

1. Sofríes la cebolleta y el ajo fileteado y cuando todavía no está pochada, agregas los guisantes:

 

 

 

2. Viertes a la mezcla un cuarto de vaso de agua de vino blanco (100 ml.), y lo revuelves bien para,  a continuación, taparlo y dejarlo unos 10 minutos:

 


 

 

3. Pasado ese tiempo, le agregas el azafrán y el caldo de pescado o agua y lo dejas cociendo otros 5 minutos:

 

  

 

4. Ya es  el momento de agregarle las almejas que tendrás en agua fría y sal una hora o así antes (la idea es que expulsen la arena si la tuviesen); lo revuelves bien y dejas que las almejas se abran y en ese momento apagas el guiso:

 

 

 

 

 

5. Cueces los spaghetti en abundante agua con 10 g. de sal por litro durante el tiempo que indiquen las instrucciones y cuando estén los escurres:

 

 

6. Ahora ya los puedes volcar en la sartén y removerlos bien con la mezcla: este método en Italia se llama:  pasta risottata,  que quiere decir que finalmente la pasta se cuece unos segundos en la salsa, resottata alude a la forma de cocer el arroz en la salsa.

 

 

6. Ahí tenéis los spagghetti en la salsa de las almejas y los guisantes (En esta foto están los que han sobrado, porque no salió la foto en que la sartén estaba llena).

 

 

7. Y aquí los tenéis en un plato. ¿No están para comérselos?. Una maravilla de receta simple y deliciosa.

 

 Y si queréis salpicarlo con queso, estará todavía más rico:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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