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Las recetas para la crisis

 

Como he anunciado desde un principio, el apartado de "Recetas para la Crisis" no puede dejar de tener un protagonismo especial en esta página web; sinceramente, considero que la cocina es un pieza esencial en nuestra existencia, y no algo simplemente postizo y superfluo. Por eso, no deja de asombrarme el poco eco que ha tenido la preocupante situación económica de nuestra país en el campo culinario; si entramos en las redes sociales es muy llamativo cómo seguimos en la arcadia feliz de la década anterior, rodeados de cupcakes de colores verbeneros y tartas decoradas al más típico estilo del tea party americano. Es indudable que la crisis, de una manera o de otra, nos está afectando a todos, ya sea a nosotros, a familiares, a amigos, o incluso a personas desconocidas cuyas patéticas historias salen a la luz todos los días. En realidad y en estos momentos, no creo que haya un apartado más pertinente en este recetario que el encabezado con "Cocina para la Crisis".

 

 

 

Estoy convencida de que uno de los ejercicios que nos acercaría más a la realidad actual es poner cara y ojos a las historias de la crisis. Sin ir más lejos, recientemente llamé a un pintor que conocía desde que él era aprendiz de un pintor profesional; en mi agenda lo tenía anotado como  "A., buen trabajador y persona". El primer día que vino me contó cosas de su trabajo, o más bien del poco trabajo que había, y también de su estancia en Alemania y "los buenos dineros que había ganado", y lo tonto que había sido en volverse a España porque echaba de menos a su novia, que para colmo en su ausencia le había sido infiel. Así pues estaba realmente deprimido por todas estas circunstancias y, como si de una letanía se tratase, no cesaba de repetir: "La puta crisis. ¿Por qué no podemos volver a la peseta con lo bien que nos iba antes?; yo me podía tomar hasta 4 y 5 cervezas al día y ahora no tengo ni para una". Y así sucesivamente. Por un momento estuve a punto de explicarle lo equivocado que estaba con lo de la vuelta a la peseta, pero tampoco yo estaba muy segura de que mis razones fueran acertadas. Lo veía realmente angustiado y con una tos persistente  que aliviaba con lo que el llamaba "ventolines" y "girasoles" (en correcto castellano "ventolín" y "aerosoles"), y cuya dependencia me parecía peligrosa; aun así lo que más me preocupaba es que cualquier día la Seguridad Social los retirase de la lista de medicamentos y no pudiera pagárselos. ¡Ya era lo que le faltaba al pobre hombre! Al segundo día, me habló de su trabajo en Alemania y lo mucho que  a sus clientes de allí les "molaba" la pintura de estuco veneciano; y no pude por menos que preguntarle si había estado en Venecia. Por supuesto que no y lo que sabía de esta ciudad era que estaba, más o menos, en Italia y "encima  del agua". 

 

 

 

Pues bien, le dije muy de veras: "En cuanto se termine esta p. crisis, pinto toda la casa de estuco veneciano, y te vas a Venecia con lo que te ganes, y verás lo bonitos que son los cafés estucados de la Plaza de San Marcos. El más famoso es el Café Florián, adonde desde hace más de 200 años van personas muy importantes" (por supuesto, no mencioné a Byron, ni a Proust ni a Wagner, etc.), y cuyas paredes están pintadas con un estuco que se va degradando paulatinamente, desde un tono intenso a más suave; también le aconsejé ir al hotel Danieli (foto inferior), que está decorado con el auténtico estucado veneciano, y combina la apariencia del mármol de aguas con dibujos de la mitología clásica; "lo mejor de ese hotel es que seguro que te encuentras con George Clooney, o Tom Cruise, y hasta ves a Penélope Cruz". Se le veía tan contento que por un momento lo imaginé entrando en el hotel Danieli, sin su mono de pintor, y vestido con su llamativa ropa de calle: bermudas blancas y camiseta negra sin mangas con la impresión de una calavera grisácea que decía algo como: "this is me", y tocado con una gorra roja colocada con la visera hacia atrás y unas chanclas planas de tiras atornasoladas, sin olvidar sus piercings y tatuajes que le daban un estilo de rockero rebelde; entonces pensé con gran regocijo que el personal "tan refinado" del hotel lo confundiría con el cantante pop más macarra del momento, y seguro que lo tratarían con gran deferencia, pensando en la propina de mil euros que es lo que, una vez leí, dejaban esos cantantes. Pero enseguida volvimos a la realidad, con su adjetivo favorito: "pero esta puta crisis no se va a terminar nunca". En mi opinión, no podía llevar más razón y entonces pensé que, con independencia de la clase social, la edad, la ideología, o cualquier otra cosa, una gran mayoría de españoles empezábamos a mostrar un sentimiento común: el de la creciente desesperanza.
 

   

En este año en que celebramos el centerario de la muerte de Charles Dickens, no puedo dejar de recordar a Mr. Micawber, ese personaje de "David Copperfield", cuya incapacidad para manejar la economía familiar lo lleva no sólo a la bancarrota total, sino a dar con los huesos en la cárcel. Sin embargo, los innumerables lectores de Dickens siempre hemos sentido un aprecio muy especial hacia este ser humano con poca cordura, pero lleno de bondad y compasión ("mutual confidence will sustain us to the end!"); quizá ésta es la razón por la que el mismo Dickens, no muy seguro de que existiera un premio o castigo divino, se apresura a impartir su propia justicia en este mundo, y lo libra de la prisión, enviándolo a Australia, donde los ingleses encontraban por entonces una segunda oportunidad. Sin embargo, ni siquiera Dickens, tan popular y querido por el gran público, puede esquivar la censura y saltarse los principios morales de la Inglaterra victoriana, que no toleraría el perdón sin una redención previa y así, haciendo un inteligente esfuerzo de imaginación, pone en boca de Micawber un fórmula de la felicidad al más puro estilo del liberalismo imperante: "Ingresos anuales de veinte libras, gastos anuales de diecinueve libras y seis peniques, resultado la felicidad. Ingresos anuales de veinte libras, gastos anuales de veinte libras y seis peniques, resultado la miseria".

 

 

 

 

He traido a cuento el caso de Mr Micawber porque esta crisis me suscita reflexiones y juicios contradictorios; entre ellos, el dilema entre promover una sociedad saneada económicamente (con un déficit que se acerque a cero) o forjar una sociedad compasiva. Yo, que por mi carácter estoy más cerca de la hormiga que de la cigarra (de lo cual no me enorgullezco en absoluto), no estoy muy convencida de que una economía ultraliberal nos traiga una vuelta a la felicidad; y hasta pienso que me gustaba más Micawber cuando se mostraba como el eterno y generoso optimista, siempre convencido de que vendrían tiempos mejores, que cuando  miraba cautelosamente por su dinero; en el primer caso, siento que estaría más abierto a la Felicidad (con mayúscula). Supongo que tampoco debió de estar muy de acuerdo con esta prudente medida para organizar nuestras finanzas el genio de la economía moderna, John Maynard Keynes, al que sus amigos salvaron de la bancarrota varias veces.

 

 

 

 

No sé cuál es el secreto para salir de este gran embrollo en donde nos han metido "a mayor gloria de la libertad financiera", pero el Santo Grial no parece hallarse en paradigmas tradicionales. Yo sigo creyendo, quizá con la ingenuidad de Mr Micawber, en un cambio de rumbo de la sociedad y, por ende, de la economía global: en donde volvamos a una vida más austera y auténtica, castiguemos el exceso de codicia y, sobre todo, evitemos la desmesurada brecha entre los ricos y los desposeidos: lo que yo entiendo sería una retorno a una sociedad más compasiva.

    

 

 

 

 

 

Perdón por esta digresión, pero no he podido evitar expresar mi preocupación, o mejor desconcierto, con esta etapa en que estamos inmersos. Así que, sin más preámbulos, entro de lleno en la preparación de platos que nos ayuden en esta dificil situación. Las recetas  que siguen entran en  las  "recetas para la crisis", y cuya finalidad es elaborar platos de coste mínimo, o al menos  inferior a lo normal, sin que por ello renunciemos a saborear una estupenda comida. Por ejemplo: unas lentejas, unas patatas al ajopollo, un rollo de carne picada, o un caldo gallego, son recetas francamente baratas, y a la vez exquisitices que algunos ya habían olvidado. Esta comida de crisis en ocasiones se solapa con la vintage por su bajo coste, pero se diferencian en que la última tiene el prestigio de "una excelencia" bien ganada durante décadas; recordemos, por ejemplo, la maravillosa  "lengua a la escarlata", que ya está incluida en mi recetario, un tesoro donde los haya.

 

 

 En segundo lugar, las "recetas de sobras" que son para aprovechar restos; en casa de unos amigos, los llamaban "platos de ya te vi", pero su verdadero mérito sería no poder identificarlos con la receta originaria. Para mí, hay pocas comidas tan exquisitas como una "ropa vieja" o unas "patatas rellenas"; en realidad, manjares de cinco tenedores. El cocido (foto de abajo del restaurante Lhardy) es uno de esos platos de los que se aprovecha todo, y de forma muy variada. Cuando yo hago cocido madrileño, el primer día comemos la sopa del cocido, y un segundo plato que se compone de la carne, el pollo, el jamón veteado con el tocino, el chorizo y la morcilla, el tuétano machacado con la patata hervida y las zanahorias, y una verdura que suele ser repollo, cardos o apio, sin olvidar los garbanzos y, por supuesto, una buena salsa de tomate como aderezo. De los distintos restos posibles, suelo utilizar la carne para un pastel de pastor, o unas patatas rellenas, unas croquetas de cocido o la archifamosísima "ropa vieja"; de las verduras sobrantes, si todavía queda algo, preparo un puré ligero y delicioso para una noche invernal; y el caldo de puchero lo clarifico con las cáscaras de los huevos para conseguir un consomé transparente, que acompañado de unos picatostes  (o "croutons" si quieres emular las recetas de la revista gastronómica "La Cuisiniere Cordon Bleu" del siglo pasado). En total, por el coste de 20 euros, preparas comida para toda la semana, que nadie se atrevería a asociar con el magnífico cocido que en mi casa se ponía todos los miércoles.

 

 

 

 

Sin duda, el ejemplo más palpable de la cocina de sobras son las croquetas, croquetas de cualquier sobrante, plato exquisito donde los haya, que nos traslada a nuestra infancia en donde los problemas, si los hubiera habido, se desvanecen en el recuerdo para quedarnos sólo con los momentos felices. Mis hijos dicen que yo hago croquetas hasta de las croquetas.

   

Empiezo hoy por la receta del caldo gallego que es francamente barata y magnífica; y además congela muy bien con lo cual el/la amo/a de casa agradecerá disponer de un caldo gallego sustancioso para acompañar con cualquier cosa menor (fiambre, queso, un pescadito frito, etc.), y así resolver una buena comida en tiempo récord. Esta es la lista de platos que incluiré en el apartado de recetas para crisis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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