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Navidad

 

Indefectiblemente, la palabra "Navidad" nos retrotrae siempre a nuestra niñez, a la memoria de nuestras padres, que el tiempo idealiza y presenta como un verdadero paraíso perdido. (De la iconografía de la Navidad, mis cuadros favoritos son sin duda los que adjunto a continuación: la simplísima e ingenua Natividad de Fray Angélico, y la extraña y fascinante de Giotto).

 

 

 

 

 

 

Siempre  he  sido una ferviente admiradora de Leon Tolstoi pero he estado en total descuerdo con el inicio de Ana Karerina, cuando dice que: "Las familias felices no tienen historia" (primero, había que preguntarle a Tolstoi qué entiende por una "familia feliz"); pienso que todas las familias, felices y no felices, tienen historia pero sobre todo tienen tradiciones que nos ponen muy nostálgicos en estos fechas. A mí, la Nochebuena de mi niñez me ha parecido siempre mágica, y sobre todo sus preparativos, ya que una vez pasada ese noche lo demás dejaba de interesarme.

  

Hoy, segundo domingo de adviento, contemplo ensimismada la segunda de sus velas, la verde que denota esperanza, y su luz tenue y temblorosa me traslada a las Navidades de mi niñez.

  

 

 

 

 

Estamos en el oscuro, frío y lluvioso noviembre, el mes más triste del año: las  campanas de la iglesia parroquial suenan con un toque muy lento, suave y espaciado, de sonidos graves y agudos. Todo el pueblo, hasta una niña como yo, conocía "el toque a muerto", que paralizaba nuestros juegos callejeros, y ante el que alguien replicaba, queriendo poner naturalidad a tal terrible suceso: "Seguro que murió doña Grabielita (siempre con la "r" mal puesta),  que es viejísima, la más vieja del pueblo"; al fin y al cabo para los niños los viejos se tienen que morir y ¡eso nos pillaba tan tan lejano!; pero en este mes no nos preguntábamos, como en la novela de Hemingway, "¿por quién doblan las campanas?, sabíamos que el incesante sonsonete indicaba que era el mes de los difuntos.

  

 

 

 

Pero el frutero de la plaza, como el mago de Oz, cambiaba el signo de este lúgubre mes con la llegada a su escaparate de las exóticas granadas, las perfumadas mandarinas, y !oh maravilla!, en la ventanuca de la frutería aparecían finalmente las almendras rellenas de turrón, a tres "perras gordas" la unidad (un verdadero dispendio), que anunciaban oficialmente la inmediatez de la Navidad.

 

 

 

El primer domingo de diciembre plantábamos el trigo para el nacimiento; esta germinación necesitaba tres semanas, lo justo para conseguir un auténtico vergel de la naturaleza, que poco o nada debía parecerse al erial de la tierra de Cristo; pero aquel fértil oasis servía para que una pastorcita tendiera la ropa y los Reyes Magos se pararan extasiados a contemplar tamaña belleza de verdor.

 

Luego venía la ida al bosque, totalmente escarchado, a coger el pino, el musgo, las piñas, las piedras y las plantas aromáticas (entonces no sólo no estaba prohibido sino que se hacía gala de destreza y buen gusto en la elección). Mi muchacha D. adoraba este momento; no la recuerdo tan feliz como dando órdenes estrictas sobre la logística de aquella misión: los pinos tenían que ser redondos  pero espigados, sanos y con una cúpula en donde la estrella pudiera destacar; el musgo muy verde, esponjoso y bien prieto, y cogido en mantas muy grandes y sin calvas de ninguna clase; se escogían las piedras con exquisito cuidado: unas grandes para formar las montañas y otras pequeñas y con formas apropiadas para las cascadas y los riscos, y hasta se buscaban pequeñísimos cantos rodados para el fondo del lago. A mi me encantaba recoger las piñas que utilizábamos para diferentes menesteres; su aroma a pino me parecía sedante y delicioso, y contrastaba con el intenso olor de las otras plantas (tomillo, laurel y romero), que se esparcían por el nacimiento simulando árboles y arbustos y que eran obligadas para cumplir con el ritual de la letra de los villancicos. A pesar de todo, mi nacimiento era bastante vulgar y sólo algunos lugareños se acercaban a verlo por puro compromiso, lo que a mí me parecía una gran injusticia.

 

 

 

 

Después de la correría al campo y como los días eran tan cortos, llegabamos a casa de noche, cansados y ateridos de frío y oliendo "a hambrio", una expresión viejuna muy de mi madre, pero el brasero  con su inconfundible olor a espliego muy pronto nos reconfortaba de todo. Ya estaba en marcha toda la magia de esta festividad. Todo se hacía de forma manual porque entonces sólo se vendían  christmas y  figuras del belén y algunas bolas de colores. Cuando llegó Papá Noel, empezamos a poner también el árbol, y a la faena del nacimiento se agregó la puesta del árbol, adornado con ingeniosos recortables de fieltro y cartón representando imágenes importadas de otras culturas y tradiciones, que confecionábamos con esmero y que hacían que la espera de esta fiestas se nos hiciera más llevadera. Sin embargo, yo nunca sentí ningún afecto por Papá Noel, al que consideré un intruso que venía a desbancar a nuestros queridos Reyes.

 

 

 

  

Todo aquello acontecía con el telón de fondo de  las condiciones climáticas de mi pueblo, siempre tan batido por toda clase de vientos, tormentas y lluvias. En aquellos días no era extraño oír a mi muchacha D. venir del puerto exclamando a grito pelado: "Ha dicho el prá...tico que esta noche habrá ciclón", una especie de galera que nos obligaba a apestillar las ventanas con grandes trancas, preparar las velas para el apagón y llenar bien las salamandras para que el fuego durase el mayor tiempo posible, sin olvidarnos de la vela del Santísimo que procedía del Momumento de Jueves Santo. Para mí, las noches de ciclón eran las mejores: algo así como lo que sentían algunos niños cuando corrían a los refugios en la segunda guerra mundial; a veces, el ciclón era decepcionante y sólo traía un fuerte viento, al que ya estábamos acostumbrados, junto a una lluvia o granizo un poco más intensos; pero otras veces parecía que el cielo se nos venía encima y el fulgor de los relámpagos y el clamor de los truenos, acompañado de una lluvia aterradora, nos hacía sentir que todos los elementos se habían desatado y nos engullirían. Nevar, nevar, nevaba poco pero cuando lo hacía era otro momento especial, y mi querida D. lo pregonaba a los cuatro vientos con una palabra moribunda que sólo se usa en algunos sitios de Galicia: "Está felepando", y a continuación, sin importarle en absoluto el aparente enfado de mi madre, dejaba cualquier faena que tuviese entre manos, para ver aquel fenómeno tan inusual, y que transformaba el paisaje de la ría y la torre de mi casa en algo casi fantasmagórico.

 

 

 

Este escenario era sin duda el marco ideal para una postal navideña, en donde la familia se reunía en torno a una suculenta cena. En Galicia por entonces, la tradición era cenar consomé, coliflor con bacalao y pollo. Esa era la cena tradicional de la casa de mi abuela. Y luego se guardaban los manjares para el día de Navidad: todo tipo de entremeses y fiambres caseros, los pescados de río (salmón, angulas, lamprea) -no recuerdo que se comiera marisco-, el pollo de corral o el capón (al que cebábamos mientras le hacíamos mil perrerías en aquellas noches invernales), y de postre los dulces de Navidad, sin faltar la consabida y aburrida compota, tradición que mi madre había heredado de sus antepasadas, y que confirma que todas las familias tienen historia y tradiciones.

 

 

 

 

Yo nunca tuve un gran entusiasmo por los Reyes Magos; siempre los tuve por personajes muy predecibles que te traían lo que pedías (una muñeca, unos patines, etc.) y a veces cosas que no pedías y que se consideraban "útiles" y todos los años eran lo mismo: unos horribles zapatos "gorila" y unos guantes de color gris aún más feos, que afortunadamente perdía enseguida. Sólo en la habitación de mi muchacha D. encontraba algo verdaderamente fascinante. Recuerdo un año cuando me encontré con una vajilla de barro de platitos diminutos, que ya había visto en un catálogo que por primera vez había llegado a mi casa de una tienda que se llamaba Galerías Preciados. Como esos almacenes estaban en Madrid, me pareció mal que los magos tuvieran que traer aquellos platitos desde tan lejos. ¡Pero cuál no sería mi sorpresa cuando me encontré con aquel juguete tan deseado!; otro año me esperaba una bolsa de red con canicas de cristal de preciosos colores que eran la envidia de todas mis amigas. ¡Estos Reyes sí que eran magos de verdad!

 

 

 


Después de esta estampa de mi niñez, vuelvo a esta página de cocina con la que tanto he disfrutado este año. Le he dado mil vueltas a los platos que voy  a ofreceros y decido el clásico "pavo trufado de mi madre", uno de esos fiambres cuya preparación constituía todo un ritual y que, si no está ya desaparecida, está a punto de hacerlo, y de paso cumplo con la tradición familiar heredada. También, os ofreceré otros platos actuales que me parecen bastante adecuados para un tiempo de crisis:

 

1."Un ossobuco a la milanesa con gremolata" que es una receta actual italiana de coste muy afinado y que resultado espectacular.

 

2. "Una lubina gratinada" que se puede hacer como receta de crisis o como un plato verdaderamente suculento si elegimos un ejemplar grande y salvaje.

 

3. "Un lomo de cerdo con salsa agridulce", muy sencillo y se puede "ilustrar" (otra palabra culinaria de mi madre) con todo tipo de sofisticadas guarniciones.

 

4. "Una merluza a la gallega", plato fácil donde los haya pero que requiere una merluza buena, a ser posible de pincho o del Cantábrico.

 

5. "Las tortillas montadas" de mi casa, para mí una exquisitez quizá porque están enraizadas en los recuerdos de mi niñez y del tiempo perdido.

 

5. "Un pastel de marrón glacé", que es una receta navideña francesa, fácil y muy resultona.

 

Después de escribir lo anterior, he añadido la receta de  la langosta hervida, que una persona queridísima me ha regalado, quizá para compensar lo mucho que he hablado este año de la crisis y, porque piensa que no se puede tener una sección de "recetas suntuosas" y no incluirla. Tengo que confesar que siempre he sentido una extraña fascinación por este marisco, que Cunqueiro calificaba como "la reina del mar".


 

 

 


 

 

 

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